El ático taurino

Tres placas de piedra narran la historia del museo taurino de Bogotá. En la primera, está la fecha de inauguración: 1969. La iniciativa fue de Carlos Pinzón, célebre ciudadano de la capital y amante de la tauromaquia.
Las corridas taurinas estaban de moda, de España llegaban matadores famosos que encontraban un público multitudinario en la plaza de toros de Santa María. El museo fue construido al lado de la puerta seis, en un segundo piso que reunía trajes de luces, fotos y donaciones de los toreros ídolos de la época. Era el lugar chic para las reuniones de la farándula. Su fama fue efímera y lo cerraron por falta de público.
Una segunda placa nos ofrece otro retazo de historia. El museo fue reinaugurado 33 años después por solicitud de la Corporación Taurina de Bogotá. El 27 de enero de 2002 durante la alcaldía de Antanas Mockus, se reunió nuevamente el jet set colombiano alrededor de la reapertura. El pintor Fernando Botero donó en la ceremonia un afiche para el lugar.
Los toros volvían a vivir; sin embargo, la historia se repitió, la moda fue pasajera. Hasta el 2005 había un guía dedicado a atender a los visitantes del museo, luego el presupuesto ni siquiera alcanzaba para eso. Según la página actualizada de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, podemos visitar al museo de lunes a viernes de 9:30 am a 5:30 pm y los sábados de 10:00 am a 3:00 pm. Hoy, el lugar está prácticamente cerrado, a la merced de un administrador que amablemente lo muestra con cita previa.
Bogotá dejó de ser una ciudad de toros. Actualmente, la plaza de santa María sólo abre sus puertas durante el Festival de verano para 3 novilladas y una corrida y realiza tres espectáculos en enero y en febrero. El resto del año sólo la visitan rejoneadores que practican en la arena o se alquila para conciertos. Octavio Robledo, administrador del lugar, atribuye la caída a ese mismo decaimiento de la tauromaquia.
Desde afuera del museo, los vidrios astillados del segundo piso predicen el descuido interior. Se abre el portón rojo de la entrada. Una escalera en forma de caracol, con paredes blancas pobladas de fotos, da la bienvenida al lugar. El salón de no más de 80 metros cuadrados está atiborrado de objetos en urnas, cuadros y estantes polvorosos. El olor a moho pervierte el aire fresco que llega de la calle.
Parece un ático donde se guardan cachivaches, que valen oro. Varios cuadros arrejuntados en las esquinas unos sobre otros, la mayoría afiches que anunciaban las corridas. Cantidad de revistas empiladas en el suelo. Octavio Robledo introduce: “El museo está demasiado olvidado, sin ningún tipo de mantenimiento, fuera de la barridita y la sacudidita. Hay fotos caídas, objetos valiosos muy olvidados”. El deterioro del lugar es evidente, las imágenes en el suelo recostadas a los vidrios, las paredes de las vitrinas forradas con fieltro morado y rojo, llenas de moho y polvo.
Entrar al museo es entender parte de la organización de la antigua estructura social capitalina y la ordenación rural de la ciudad. El recorrido empieza por la pared de los hierros de ganadería de las principales haciendas de Bogotá, que pertenecían a las familias distinguidas hacia los años sesenta. Con estos marcaban a los toros que traían hasta la plaza en guacales de madera. Figuran nombres como Loma redonda, Pueblito español, Campo pequeño, entre otros.
Al lado derecho reposa la biblioteca. Son dos estantes llenos de libros, películas y revistas especializadas. Los textos no ven la luz de la calle ya que el servicio de alquiler se canceló. El trabajo de recolección de Carlos Pinzón de libros lo aprovecha más la polilla que los bogotanos.
Fotografías tomadas en 1572 y hasta del siglo XVI. Imágenes de la era prehelénica cretense, donde ya se ofrecían espectáculos alrededor de la lucha entre el hombre y la bestia. Afiches de corridas de toros en España y de la primera novillada en Bogotá en 1931. Los planos originales de Lazcano y Martínez de la plaza de Santa María, hoy patrimonio arquitectónico de Bogotá. Al lado un artículo de revista titulado “El estreno del nuevo circo”. La foto de Manolete que llevó al reportero gráfico Manuel H a ser reconocido como el mejor fotógrafo taurino de Colombia. En las paredes del museo encontramos hasta las cabezas de toros sacrificados en las mejores corridas de la historia capitalina. Están expuestos los elementos básicos del toreo. La banderilla, que aparenta ser un palo de madera inocente, adornado con papel seda de colores. En el extremo tiene una navaja en forma de garfio triangular con la que el matador hiere al toro. La banderilla cuelga de la piel como trofeo mientras la navaja sigue desgarrando al animal por dentro. Es ahí cuando el público aplaude.
Varios pares de picas de hierro oxidado se observan en las vitrinas; la pica no disimula sus intenciones, es un cuchillo de aspecto rudo, que hiere mortalmente al toro. Se exhiben capotes violetas y rojos cuya función es despertar la furia animal, el torero lo esquiva y el público grita OLE. Finalmente, la espada pone fin a la vida del toro y se cierra la fiesta. En este momento, las ovaciones son incontrolables.
El pintor español Francisco de Goya resumió la actividad taurómaca en 13 cuadros que mostraban todo el proceso de la lidia. En el museo vemos cientos de imágenes que van desde la gloria máxima hasta la muerte de picadores. Se narran tres de las muertes de toreros famosos como la de Manolete; aparecen los matadores en el ruedo, heridos y hasta en el féretro. Incluso hay ilustraciones de los órganos comprometidos en las cornadas.
Cantidad de trajes de luces anónimos. Por el descuido del museo, ya ni siquiera se saben los nombres de algunos dueños que seguramente fueron ilustres toreros. Trajes de colores, negros con lentejuelas doradas que a pesar del polvo no han perdido el brillo. Aún se puede distinguir los vestidos de Pepe Cáceres y de Enrique Calvo “El Cali”, quizá el más valioso es el de Manolete, quien también donó una de sus espadas.
Una colección de las arenas de las plazas más importantes del mundo. La mayoría rojas con blanco, algunas tan valiosas como la de Plaza Ventas en Madrid. Sillas de picadores, trajes del alguacilillo que abre la corrida, imágenes del paso de novillero a torero (es la graduación del matador) y del padrino que lo patrocinaba.
En el museo hay una esquina para la democracia, ahí reposan las toreras. En un deporte de machos, las mujeres también se enfrentaban al toro, lo importante no era la fuerza sino la elegancia del bamboleo y la agudeza para picar. Damas con los pantalones bien puestos como Conchita Citrón y la colombiana Morenita del Quindío.
También está el rincón del humor taurino como cuando inmortalizaron en fotos la visita de Cantinflas a la plaza de Santa María. En la arena, el humorista se burlaba de los toros, vestido con su tradicional sombrero, cargaderas y pantalones negros.
Hay un fantasma. Se llama Alberto. Tal vez fue un gran caudillo de la época, el cuidandero del museo o un torero. De pronto un amigo de Carlos Pinzón. Varias fotos están autografiadas y dedicadas a él, pero no dicen su apellido. Ni siquiera Robledo sabe quién fue.
¿Dónde está el cuadro que donó Fernando Botero en el 2002? se lo llevó la Corporación taurina. Algo tan valioso no podía estar en un ático olvidado.
Fotos tomadas de Asofoto

1 comentario:
Un texto bien escrito, lleno de datos. Enriquece culturalmente y cuenta historias que no so del dominio de la gente. Deja sembradas inquietudes en los lectores. La idea es podrles dar respuesta en las próximas publicaciones.
Saludos. 4.5
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